Salvo por una tarde de sol.


Once días de lluvia salvo por una tarde de sol. Las cosas son, las palabras parecen. Siempre intentando ser uno en el poema, los verbos y las cosas. 

Once días de lluvia salvo por una tarde de sol: parecen haberse sucedido en un orden determinado, parecen haber sido contados uno a uno esos días de lluvia. Pero no, eso es sólo un efecto de mi enunciado. No estuve contando las mañanas.  Sólo los conté hoy a los días de lluvia, recién, después de hacer café y antes de prender el cigarrillo. Es más, tomé un calendario y verifiqué que sean once, y no diez, ni nueve. Y que haya llovido en todos, al menos una vez.

Once días de lluvia salvo por una tarde de sol. ¿Habrá prestado atención la ciudad a la cantidad de días de sol? ¿O a la cantidad de días de lluvia? Tal vez en este momento en Barracas alguien escribe: Once días feos interrumpidos por un granizo. ¿Pensará que el granizo es un descanso absoluto del gris? ¿Vendrá alguien a retarme a duelo por tener el tiempo libre de contar cuántos días de lluvia y cuantos de sol? No lo creo. La gente que tiene tiempo libre para atormentar a quienes tienen tiempo libre está muy mal vista y yo soy de las que, entre las espada y la pared, prefiere caer bien y escribir mal. O no, tal vez no.

Once días de lluvia y ninguna flor ¿eso dije? Y sí, no sé por qué no habría de decirlo, al fin y al cabo ese granizo disparó contra las últimas rosas chinas de mi balcón, y ya no le queda ninguna flor. No sé si es éste el lugar ni el momento, pero me gustaría recordar antes de dejar a mis flores ir por completo, antes de abandonar el reflejo de salir a sentir el aire y verlas a medio abrir. Porque mis rosas se olvidaron de florecer. Esperen. ¿La rosa es rosa cuando florece? ¿o siempre? ¿o es rosa en el parecer y la cosa nada tiene que ver con su color? Tal vez ser flor sea tan sólo un movimiento, como florecer o estirarse al sol, o quizá también como marchitarse. Tal vez ser rosa sea tan sólo morir en el intento. Once días de lluvia y ninguna flor, murieron antes de florecer, las cuatro. Cerradas. Y ahora podridas flotando por el balcón. Yo las miro con un poco de culpa, como a los perros atropellados en la autopista.

Once días de lluvia salvo por una tarde de sol. Me pregunto por el futuro, sentada sobre la sombra espesa que tiñe este invierno que se apuró tanto. Pura añoranza de esos inviernos que solamente parecían, que soplaban vapor en las paradas de colectivo pero como un conjuro secreto eran movimiento hacia el calor. Este invierno es también sólo un movimiento. Pienso en el futuro, que es puro parecer. Por qué el invierno se apuró tanto no lo sé, lo importante es que podamos todos morir en el intento. Vamos, amigos, nadie quiere quedarse en el invierno cuando el invierno ya se está yendo.

Once días de lluvia salvo por una tarde de sol. Yo esperaba reírme más de mí. Decir “yo sabía, yo sabía” y no esta sensación de tener en la punta de la lengua a la cosa, sin poderla aparecer. Once días de lluvia eran perfectos para burlarme en falso autoflagelo, para decir “era evidente” con los anteojos puestos y encender la oscuridad con un botón cuando se me antojara, y prender el sol si así lo quería, salteándome la amargura como quien salta un charco.

Once días seguidos de lluvia menos uno. Puedo reírme de mi estupidez, de lo inútil que es saltar el charco amargo cuando hace once días que llueve. Todo mojado. Es que ya no me causa gracia, y me distraje por primera vez pensando en el futuro, como quien se cae en la vereda y le da al charco un trago amargo.

Once días de lluvia salvo por una. Por una lluvia que no fue. Pensemos en la primavera, que se está moviendo impaciente bajo la membrana de las terrazas. Hagámoslo, para no quedarnos en este invierno espeso que se empeña en dejar marca. Pienso en el futuro, sin saber para qué, si al fin y al cabo al futuro de esta misma tarde llegaré más vieja. Más cansada. Más fea tal vez. Más llena de la lluvia de esa tarde que no, pero que para mí sí. Esa tarde que no yo seguí lloviendo más allá del sol, atrás del sol, del lado del futuro. Porque por el pasado no me lamento cuando llueve, somos de un nuevo siglo en el que el pasado es un vicio de mal gusto. Ahora lloramos por lo que hay atrás del sol, sabiendo que vamos a llegar más viejos y cansados a ese lugar donde probablemente me encuentre con mis rosas que se pudrieron sin abrirse, desheroizadas, privadas de la mirada profunda que se nos regala antes de la muerte.  

Once días de lluvia salvo por una tarde de sol. 
Escribo por miedo al silencio, un invierno espeso pretende dejarme muda. 
Le doy batalla y grito, porque aunque lleno de sordos, este invierno también me pertenece.  









1 comentario:

Sex Shop dijo...

Muy buenooooo!!!!!!!!